
Antes de dormir, cada noche, doy mil vueltas. Es extraño: a veces tengo más energía por las madrugadas que las que tuve durante el día que se va. Los de la noche sabemos que hay que huir del momento previo a que salga el sol. En la noche hay una calma que quema lentamente el día que se ha ido, un ruido propio que conecta con libros o con música porqué esencialmente los de la noche consideramos un peligro los horarios de la mañana. Habría que abolir el funcionamiento burócrata de los transportes, de los horarios de atención al público, de los bancos, de las horas pico, de atención al cliente, de los diarios que replican en radio y en televisión con noticias viejas. Hay una parte del mundo que cierra por la noche mientras la ciudad queda con poco movimiento y con las luces tenues, amarillas. Buenos Aires no es Open 24 horas y hasta los camiones de basura pasan temprano. Y entonces también habría que abolir también el canto traidor del gallo donde haya gallos, porqué si uno observa las caras de las personas por la mañana todo es a disgusto y enmarañado como el tránsito. La queja urbana es silenciosa y lenta, como el invierno. Cada noche antes de dormir supongo que podré levantarme temprano pero no, cuando el apuro gobierna no es amigo del insomnio y en todo caso es un pasaporte de mal humor. La noche nos devuelve el día, prolonga inspiraciones, fabrica sueños y complicidades. Cada cual tiene sus ritos que van desde el lavado de los dientes hasta la lectura silenciosa y profunda. Conozco quienes se duermen con la tele encendida y a otros que prueban con las palabras cruzadas. En mi caso antes de llegar a la vuelta mil para irme a dormir, intento que haya oscuridad y que las persianas no permitan el filtrado del amanecer. Entonces, cada noche me pregunto que es lo que hacen las personas antes de irse a dormir.














